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Fútbol

Una guerra sucia con la bandera de la hipocresía

POR CARLOS VIACAVA

La hipocresía del fútbol argentino es enfermiza. Ya resulta una burla ver la guerra sucia en la que se trenzaron la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y la Superliga Argentina de Fútbol (SAF) por el poder. En realidad por el control del fútbol de Primera División y todos los negocios que van de la mano con el principal torneo de nuestro país. Bueno, la verdad es que el ataque es unidireccional, pues la entidad presidida por Claudio Chiqui Tapia es la que abrió el fuego, con la complicidad de gran parte de la dirigencia de los clubes, siempre interesada en sacar la más mínima ventaja posible sin importar si la razón está de su lado o no.

El nuevo foco de disputa es la reanudación de la Superliga, competición a la que le quedan apenas siete fechas en un calendario apretado por la disputa a mediados de año de una nueva edición de la Copa América. Desde hace varios meses se sabía que el certamen volvería a ponerse en marcha el fin de semana del 26 de enero, luego de una inactividad de más de un mes, pues el último capítulo futbolero del 2019 tuvo lugar el 8 de diciembre. Estaba todo claro. Tan claro que llamaba la atención que nadie alzara la voz para quejarse…

Pero de pronto alguien se dio cuenta de que durante gran parte de enero y febrero de 2020 se jugará el Preolímpico de Colombia, en el que se definirán a los dos seleccionados sudamericanos que participarán de los Juegos Olímpicos de Tokio. Ahí se desató la Tercera Guerra Mundial, ésa que por ahora no se declaran Estados Unidos e Irán, pero que en el fútbol argentino ya libró sus primeros cruentos combates.

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PRIORIDAD, ¿PRIORIDAD?­

El Preolímpico es un torneo Sub 23 que no forma parte del menú de competiciones oficiales de la FIFA. Esto significa que los clubes no están obligados a ceder a sus futbolistas con el mismo rigor que en un torneo regido por la entidad liderada por el italiano Gianni Infantino. Claro, como todos los dirigentes locales se ufanan de que para ellos «la Selección es prioridad número uno» -remanida frase cada vez con menos contenido-, nadie se imaginó la posibilidad de no entregarle los jugadores al técnico Fernando Batista para afrontar ese campeonato.

Eso cambió cuando, de a poco, el Bocha comenzó a diseñar el plantel y a citar a las figuras de varios equipos, situación más que natural en una Superliga en la que la principal cuota de talento la aportan pibes que surgen como promisorias figuras listas para dar el salto a otras ligas no bien aparezca una oferta tentadora. Esa situación encendió las alarmas de todos los dirigentes y técnicos que comenzaron a ver que la convocatoria iba a minar los recursos de los conjuntos que aspiran a ser campeones. En ese punto, nadie quiso dar un paso atrás.

Tímidamente fueron apareciendo las protestas. Luego lo hicieron con una vehemencia que crecía minuto a minuto. Batista tuvo que empezar a tachar nombres y cambiarlos por otros…

A esa altura a la dirigencia comenzaba a preocuparle poco y nada si se saboteaban las chances albicelestes en Colombia, aunque después todos vayan a colgarse la medalla al cuello en caso de un éxito en Tokio. Y entonces se optó por la salida más descabellada posible: exigirle a la SAF que retrase dos semanas la reanudación de la Superliga para no debilitar a los clubes. Y fueron más allá: la acusaron de no respetar a la Selección.

Es preciso aclarar una cuestión no menor: cuando se establecieron las fechas de disputa del torneo de Primera División, nadie objetó el calendario. Por supuesto tampoco hubo clubes que hayan reparado en la realización del Preolímpico y mucho menos que lo hayan considerado un obstáculo para la finalización del certamen local.

Sin embargo, de pronto vieron un resquicio para arremeter nuevamente contra la SAF, que pasó de ser un aliado cuando la dirigencia aspiraba a un esquema de negocios diferente que les permitiera a los clubes mejorar sus ingresos, a transformarse en un enemigo encarnizado ante la más mínima oportunidad de obtener una tajada mayor de la mano de la AFA. Ahora resulta un dato menor que en su momento hayan abandonado la órbita de la AFA para ir detrás de los beneficios que proponía la SAF…

EL PASADO LOS CONDENA­

Hacer memoria a veces es incómodo y por lo tanto parecería ingenuo recordar que Gerardo Martino dejó la conducción del Seleccionado nacional en 2016 cuando estos mismos dirigentes -nombres más, nombres menos- formaron un sólido bloque que lo dejó sin equipo para intervenir en los Juegos de Río. Casi tan descarados como en aquella oportunidad, los responsables de los clubes acusaron a la SAF de hacer lo mismo que ellos habían hecho hace cuatro años, pero para limpiar sus culpas hallaron el resquicio acomodaticio de retrasar una competición que ellos mismos habían avalado.

Entonces se desató esta guerra absurda en la que todos borran con el codo lo que escribieron tan sólo unos meses atrás. Porque en este fútbol argentino problemático y febril, el que no llora, no mama. Y acá todos lloran y se secan las lágrimas con el pañuelo de la hipocresía.

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